| :: Superar el desánimo |
El desánimo o “quitar la fuerza o la vida a algo, dejar de lado el anhelo por lograr algo, dejar de esforzarse” según el diccionario, es un problema universal, repetitivo y contagioso. Universal porque nos afecta a todos, sin distinción de edad, nivel socioeconómico, sexo o escolaridad, todos nos vemos afectados por estados de desánimo en los que no estamos dispuestos a iniciar algún nuevo camino. Se puede tratar de situaciones momentáneas o pasajeras que son superadas en horas o días o en un estado extremo –de depresión profunda- en el que se llega al grado de no tener interés por nada y hasta de no querer vivir. Repetitivo porque a lo largo de nuestra vida se presenta en muchas y muy variadas ocasiones: nadie está exento de “caer en sus redes” y no querer hacer cosa alguna en más de una ocasión en el año, en el mes o en la semana; una mayor frecuencia debiera ser “la luz roja” para pedir ayuda profesional.
Contagioso porque es muy alto el riesgo de que el desanimado con el que compartimos el hogar, la oficina o cualesquier otro tipo de convivencia, logre convencernos de su manera de ver la vida: es tan vehemente el uso que hace de su manera de pensar en la búsqueda de justificar lo injustificable, que frecuentemente termina por hacer que veamos la vida a través de su óptica... “a las personas pesimistas las envuelve un halo de amargura. Su vida oscila entre la desilusión y la tristeza.
El optimismo es para ellos una peligrosa enfermedad que hay que erradicar de raíz, porque el mundo fue y será definitivamente una porquería. El paquete desesperanzador está constituido por una serie de sesgos y actitudes cercanas a la depresión: descalificar lo positivo, magnificar lo negativo y estar preparado siempre “para lo peor”. Como resulta obvio, la aplicación de este estilo hace que la vida pierda su encanto. Si el mundo es un campo de batalla y el futuro es negro, el presente puede llegar a ser insoportable.
Una manera de “vacunarnos” es sensibilizarnos de lo que ocurre en nuestro entorno y aprender de ello: no necesitaremos ir muy lejos para ver ejemplos muy representativos que dan sustento a los indicadores de deserción escolar, de rotación laboral y aun en aquellos que, habiendo permanecido en la escuela o en el trabajo, siguen buscando la motivación en el exterior pues no la han encontrado en sí mismos. Proyectos inconclusos, talentos que se pierden, inversiones que fracasan, ideas que no se materializan, son algunos de los saldos negativos de su impacto: es vital “mantener la guardia en alto”. Muchos y muy variados pueden ser los orígenes del desánimo e incluso pueden variar en la misma persona en las diferentes etapas de su vida: por edad, por estado de salud, por posición socioeconómica, por su estado civil, etc. etc.; por las limitaciones propias de este espacio, sólo podemos hacer mención de algunas generalidades:
Temor: es cierto que cada quien tiene su muy personal capacidad para asumir riesgos, es en cierta forma, una capacidad que se puede desarrollar o que se puede atrofiar y convertirse en parte de los activos o de las limitaciones personales de cada quien. En toda decisión, tenemos que “poner en la balanza” los pros y los contras de lo que se quiere iniciar para lograr lo que se pretende; junto a las oportunidades siempre están presentes los riesgos, por ello es que hay que decidir y cuando se es víctima del temor magnificamos las amenazas y minimizamos las oportunidades: nos paralizamos en detrimento de nuestra creatividad y capacidad de respuesta y se deja de intentar, nos conformamos.
Frustración: también es diferente la capacidad de frustración que cada quien tiene; no ver los resultados esperados es para algunos la causa para desistir y para otros la causa para redoblar los esfuerzos, aprendiendo de sus fracasos o errores. Hay que subrayar que “una parte sustantiva del oficio de líder... es ofrecer proyectos... que aúnen rigor y exigencia con amabilidad y afecto”. Hay que recordar la ecuación de William James, según la cual el juicio sobre un resultado no ha de medirse sólo por los logros conseguidos, sino que los logros se han de dividir por los conflictos generados para esa consecución, de manera que:
| |
Logros |
| Éxito= |
------------- |
| |
Conflictos |
Líder es quien, en esta ecuación, llega a un resultado aceptable: ni logros precarios sin conflictos; ni conflictos sin avances proporcionales” (2)
Fatiga: desde luego que nos afecta el cansancio: se supone que en términos muy generales con la edad va disminuyendo nuestro empuje y capacidad de absorción de tareas, pero por encima de ello está la fatiga emocional. Hay quienes “nacen cansados” y también los hay quienes “mueren con las botas puestas”.
No es posible ofrecer recetas, tan sólo se pueden hacer algunas consideraciones acerca de lo que puede hacerse:
Recuerda: tus fortalezas, los éxitos del pasado, el análisis de fuerzas y debilidades con que planteaste los objetivos y metas que estás buscando: limitaciones todos las tenemos, la diferencia está en el manejo que podamos darles; que no te pase como al elefante que por acostumbrarse a estar sujeto a una pequeña estaca, se ha olvidado que es mucho más fuerte que ella.
Revisa: el cómo estás tratando de llegar a lo que te hayas propuesto; se dice que “las visiones requieren de una estrategia y la estrategia de un plan”: hay que revisar cada uno de los pasos del proceso para identificar lo que sea necesario corregir, adecuar o evitar.
Resiste: la gran empresa –aquello que vale la pena- siempre exige de un esfuerzo perseverante: nada es gratis. Benjamín Franklin decía: “no hay beneficios sin suplicios”. Tampoco se trata de “morirse en la raya”: la revisión también debiera llevarnos a desistir de lo planeado y, sin claudicar, aprendiendo de lo vivido, buscar nuevos horizontes.
Corresponde a quienes tenemos el privilegio de formar a otros el darles la forma de pensar que los haga conscientes de su valía a fin de que se sientan capaces y seguros a la hora de enfrentar los retos de la vida que no es ni negro, ni blanco: está llena de matices.
El balance entre razón y emoción lo puedes lograr haciendo la siguiente simulación. Cada vez que tengas que tomar una decisión lleva el calibrador mental al extremo racional y quédate allí un rato analizando “fríamente” la cuestión. Luego deslízate hacia el polo opuesto de la emoción y concéntrate en “sentir”. Realiza este juego varias veces. Expón las razones lógicas (que te dicta la mente) y las razones emocionales (que te dicta el corazón). Hazlas explícitas y en lo posible intenta integrarlas. Las razones lógicas pesan más que las emocionales y nos llevan a cometer menos errores, pero si se combinan con las del afecto puedes matizar tu decisión y hacerla más humana y acorde con tus necesidades.
Bibliografía
(1) Walter Riso, “Pensar bien, sentirse bien”; Grupo Editorial Norma.
(2) Dr. Carlos Llano Cifuentes, “humildad y Liderazgo”; Ediciones Ruz.
Basado en el artículo El desánimo: se aprende a superarlo de Francisco H. Andrade
Fuente: www.tress.com
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