| :: Gazpachería Andaluza (Gazpacho, un alimento muy saludable) |
La «mcdonalización» del gazpacho ya ha comenzado
A finales del siglo XIX, los Lumière dieron movimiento a la industria cinematográfica en un sotano parisiense. Tardaron años en filmar «El regador regado». En 1908 Henry Ford, hijo de la inmigración irlandesa, lanzaba al mercado el primer automóvil modelo T. Antes tuvo que gastarse los labios en convencer a unos desconfiados socios paganinis. En los albores del XXI, Rafael de Aquino, el inventor del gazpacho industrial, sueña a diario con «mcdonalizar» su producto. Una mañana de 1983 vio la luz: lanzaría este manjar frío a gran escala. Desde Cádiz hasta Yakarta, desde Triana a Leganés.
Comenzó a soñar y empezó a echar cuentas. Las cabalas salen tan derechas desde el papel que se tuercen al llegar a la realidad. El primer desengaño se lo dieron en los Telediarios. El aceite de colza adulterado machacaba la salud de muchos españoles y hacía estragos en la opinión pública. Antes de llegar al Ministerio de Sanidad para solicitar las patentes de su producto, ya habían sonado tres veces las alarmas. Nadie quiso oír la idea. Los políticos menos. Para los demás, el golpe de inspiración cayó en saco roto. Él lo guardó en la caja fuerte.
Volvió a la carga con el «boom» del 92. En la Exposición Universal puso cuatro gazpacherías. Éstas recibieron los aplausos de crítica y público, pero se quedaron a menos de la mitad en su objetivo económico. Al final, ruina. Vendió lo poco ganado y, para sobrevivir, empeñó lo que tenía.
No obstante, la fórmula funcionaba. Herencia secreta de su abuela, le sirvió para convencer a otros industriales que notaban cómo ese gazpacho, no era uno cualquiera. Aún así, lo disfrazó de marca blanca y comenzó a servirlo en grandes cantidades todavía lo hace para restaurantes de postín y prestigiosos servicios de catering. Pero De Aquino seguía empeñado con la suya: abrir la primera gazpachería del mundo. Así que en primavera volvió a romper la hucha y abrió el primero de sus establecimientos.
Desde entonces no ha parado. Con la tormenta de calor que calcina España y a los españoles, Rafael no gasta pereza para abrir todos los días de la semana. A las nueve y media de la mañana comienzan a llegar los primeros clientes. Cuando se acerca el momento de bajar la persiana, por su tienda han pasado 200 compradores. Se llevan el oro naranja en garrafas de uno y cinco litros. Rafael insiste en que el proceso industrial no resta un ápice de calidad, sabor y tradición a su joya gastronómica: «Controlamos la emulsión y después de mucho tiempo sabemos que el gazpacho, para ser como Dios manda, no como el puré de tetra brick ese que venden en los supermercados, es necesario que repose lo suyo. Cuando pasan entre quince y dieciséis horas, el gazpacho está lo suficientemente fresquito y los ingredientes han tenido tiempo para intimar».
A pesar de que el negocio es incipiente, ya se vilumbran las primeras innovaciones. A la pizarra de «La Gazpachería Andaluza» llegará pronto el gazpacho de algas marinas. Una revolución. Como cuando Mc Donald s inventó la salsa Big Mac.
Autor: Paco Reyero
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