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 :: Arte ibero y celtibérico

En la península Ibérica se desarrollaron entre los siglos XI y VI a. C. dos civilizaciones, la ibera y la celtibérica, que asimilaron las influencias de pueblos comerciantes, colonizadores y emigrantes como los fenicios, los griegos y los celtas. El contacto entre estas culturas y las peninsulares dio lugar a manifestaciones artísticas de muy diversa índole en distintas áreas geográficas.
Los fenicios y Tartessos

Hacia el año 1100 a. C. los comerciantes fenicios fundaron centros de intercambio en la costa meridional de la península Ibérica. En Gadir (Cádiz), Onuba (Huelva) y Cartago Nova (Cartagena) se instalaron factorías a través de las cuales se difundieron las manifestaciones artísticas orientalizantes de los fenicios, con claras influencias del arte egipcio, griego y sirio.

En el sur peninsular florecía entonces la cultura de Tartessos, cuya capital, aún no hallada en la actualidad, se situaba, según testimonios historiográficos, en algún lugar de las marismas del Guadalquivir.

Los tartesios, procedentes del Mediterráneo oriental o de Centroeuropa, se asentaron en esa área a principios del primer milenio a. C. y pronto alcanzaron una gran prosperidad económica, por producir el bronce de mejor calidad de la época.
En un primer periodo del arte tartésico, denominado geométrico (siglos XI al VII a. C.), predominan las estelas funerarias, de decoración rudimentaria.

El contacto con los fenicios dio paso al llamado periodo orientalizante, del que datan las joyas, marfiles y suntuosos objetos y recipientes de bronce y oro, que constituyen la más brillante expresión artística de Tartessos.

El arte ibero de influencia griega

El arte ibero de influencia griega Al decaer la cultura tartésica a finales del siglo VI a. C., la civilización que pasó a predominar en la península Ibérica fue la ibera, que adquirió una nueva dimensión a raíz de su contacto con las colonias griegas de la costa mediterránea peninsular, entre las que destacó Emporion (Ampurias).

Las más notables manifestaciones artísticas iberas fueron escultóricas. Cabe reseñar el conjunto escultórico de Porcuna, Jaén, que se halló en muy mal estado y que ha debido ser pacientemente restaurado, y las figuras femeninas de las damas de Elche y de Baza. Todas estas piezas se relacionan con cultos funerarios.

La escultura ibera presenta también muestras de figuras de animales o seres híbridos, posiblemente objeto de culto, como la denominada «bicha» de Balazote. La producción escultórica ibera también se manifestó en los exvotos de guerreros, jinetes, orantes y demás figuras, que se ofrecían a las divinidades en los lugares sagrados. Por carecer de templos, los iberos ubicaban tales centros en emplazamientos en los que la naturaleza manifestaba con especial intensidad su fuerza, como el desfiladero de Despeñaperros, en Sierra Morena.

El arte celta y celtibérico

Los pueblos celtas de Centroeuropa, que dominaron la Segunda Edad del Hierro, o cultura de La Tène, se extendieron en oleadas hacia el Sur y, en la península Ibérica, se distribuyeron en distintas áreas. En el Noroeste dieron lugar a la cultura de los castros, en tanto que en la Meseta Central se generó la conocida genéricamente como cultura celtibérica.

La cultura castreña, menos refinada que la tartésica y la ibera, se caracterizó por la construcción de poblados fortificados de cabañas circulares, dispuestas de forma desordenada, los castros. Sus manifestaciones artísticas se limitaban a toscas estatuas de guerreros y a piezas de orfebrería, con los característicos torques celtas, collares fabricados con un hilo de oro o bronce retorcido.

La cultura celtíbera se desarrolló en el interior de la Península. Su manifestación artística más representativa son los verracos, reproducciones muy simples de toros o jabalíes en un solo bloque de piedra. Los más conocidos son los toros de Guisando.

Fuente: Hiru.com


 
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