| :: Hitler y el Holocausto |
En 1910, un judío ropavejero le regaló a un joven austriaco un abrigo largo estrafalario y viejo del cual no se separó en varios años. El ropavejero judío no sabía a qué ejemplar de monstruo antijudío iba a abrigar la prenda remendada. Este joven flaco y pálido, de ojos brillantes y huidizos tenía mal carácter, era incapaz de control, era psicópata, neurótico y detestable. Su nombre era Adolfo Hitler. En 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial se alistó en un regimiento bávaro. Era ya un soldado alemán, un soldado que, según datos rescatados en Austria, había salido de su país, rehuyendo el servicio militar. Sus biógrafos dicen que huyó por dos motivos, por cobardía y porque Viena le repugnaba. Esa mezcla de razas en las alegres calles de la musical ciudad vienesa, sus cervecerías bullangueras en las que con juntaban hasta 12 o 15 lenguas diferentes, crispaba los nervios del neurótico joven, que se sentía alemán y que abominaba a su patria nativa.
Como soldado fue herido en 1916 y ascendido a cabo, tras ganar la Cruz de Hierro de segunda clase. Con la derrota de Alemania en 1918, el cabo Hitler regresó a Munich. Ahí todo era confusión. Los grupos se disputaban el poder municipal cuando no el poder de la república. La guerra había dejado en Alemania heridas que se creían incurables. En las abigarradas cervecerías de Munich, se discutía de política, se hablaba de guerra y se soñaba con la reconstrucción del Reich. Pululaban y peleaban en calles y tabernas los partidarios del comunismo, los miembros del Partido Obrero, los monárquicos y los republicanos.
Tal es la Alemania que contempla Hitler al abandonar el hospital donde ha estado recluido por sus lesiones. Entre gritos de borrachos y cantar de mujerzuelas, el cabo Hitler descubre que sabe hablar, que su palabra tiene magnetismo. Se une con personas estrafalarias que siguen al capitán Ernest Roehm y siete de ellos acuerdan formar un partido, el Obrero Alemán Nacionalsocialista. Los miembros de tan híbrido grupo abogan por la abolición de Tratado de Versalles, por la unión de los alemanes, por la nacionalización de los monopolios y por la aniquilación del judaísmo.
Alemania está empobrecida, la guerra dejó a 6 millones de alemanes sin trabajo. En 1920, el naciente nuevo partido adquiere un diario que dirige Rosenberg, uno de los cerebros del nazismo, quien habría de apoderarse del Hitler influenciable y crédulo para orientarlo hacia los vericuetos de una filosofía social y política cuyos orígenes estaban fuera del alcance de la gente razonable.
Llegado el año 1923, el partido es ya una potencia en el juego político de Alemania. Solamente el estorba la república de Weimar para alcanzar el poder. Hitler y Roehm resuelven intentar un golpe de estado. Los nacionalsocialistas salen de la cervecería y en un desfile de nazis, todos con la cruz gamada en los brazales, se dirigen hacia el ministerio de Defensa. Suena un disparo y la tropa que esperaba a los autores del golpe hacen fuego, varios hombres caen, Hitler y varios de sus compañeros dan con sus huesos en la cárcel. El partido contaba entonces con 170,000 miembros.
Un grupo leal a Hitler lo libera y le da su apoyo dentro del partido llevándolo a la categoría de Fuehrer (el Jefe). Sus órdenes son decretos indiscutibles. Hitler empieza ya a consultar con las estrellas y escuchar las voces misteriosas del más allá que le apuntan los actos que debe realizar. El grupo que lo envuelve compuesto por que lo envuelve compuesto por creyentes del “lamismo” y de la astrología, dirige a través de Hitler los destinos del partido. Más tarde dirigirá los destinos de Alemania y pondrá en peligro la supervivencia del mundo civilizado. Heinrich Himmler se ha unido al grupo y asume la jefatura de los SS., de la guardia especial del Feuhrer que adopta el uniforme de las camisas pardas y la cruz gamada en los brazales. Himmler llegaría a ser tan temido y odiad como Hitler.
Después de mi volteretas de las luchas políticas de Alemania, el partido nazi gana el 36.8% en la votación de 1932. Los comunistas sufren ruidosa derrota. Los nazis son ya un factor político del tenerse en cuenta. Entre tanto, el mariscal Paul von Hindemburg, el viejo soldado que ordenó la firma del Tratado de Versalles busca entre sus colaboradores a un canciller y escoge a Frenas von Papen pero el general Schleicher inconforme se enfrenta a una lucha para derrocar a von Papen. Ambos en esa lucha se destruyen.
El anciano presidente no sabe a quien recurrir. Hitler y su partido le repugnan. Conoce su trayectoria y su origen dudoso, pero con ellos se han afiliado 7 millones de trabajadores sin empleo, que militan como guardias en las filas nazis. La crisis de Alemania es insostenible. El Presidente Hindenburg se siente solo y por fin ante los cómputos de las votaciones que apuntan como la aguja de la brújula marina hacia el Partido Nacionalsocialista, decide llamar a Hitler.
En enero de 1933, el cabo austríaco, Hitler, es llamado a salvar la república y es nombrado canciller de Alemania. A la muerte de Hindnburg en 1934, Hitler asumió el poder total, no como presidente, sino como el fuehrer indiscutido de toda la nación alemana. No había ya República de Wimar, donde católicos, protestantes y liberales se unieron en el gobierno. Solamente había un poder real: el del Partido Nacionalsocialista de Hitler. Desde el primer día de su gobierno, desató una violenta campaña antijudía y días después Ernest Roehm fundador del partido, y varios de sus generales y oficiales que habían elevado a sus camisas pardas a la categoría de ejército de asalto, fueron traicionados a tiros y sustituidos con gente de confianza, Goering y Himmler.
En la alta política Hitler procedía con rapidez insólita. Antropelando tratados y compromisos, ordenó ocupación militar de Renania a orillas del río Rhin, denunció el Tratado de Versalles, rearmó al Reich y se adueñó de Austria, anexándola a Alemania.
Este sicótico personaje poseía un magnetismo fascinador y terrible, convencía con la palabra, se imponía con el gesto, y sus ademanes delirantes y epilépticos causaban espanto. Muchos generales temblaron ante sus exabruptos y gestos demenciales. Cuando se encolerizaba, era terriblemente malo y sarcástico. Este fue el hombre que torció la ruta del mundo y dislocó el sentido de la historia.
El 1 de septiembre de 1939 se produjeron los primeros disparos contra Polonia, lo que daría inicio a la conflagración más tremenda de la Humanidad: La Segunda Guerra Mundial. Después de la invasión a Polonia. Hitler lanzó una blitzkrieg (guerra relámpago) invadiendo Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda, Francia con su famosa Línea Maginot y la mayoría de los países de Europa, incluyendo Rusia.
El 14 de junio de 1940, se registró por toda la prensa mundial, con horror que destilaban las páginas de información la creación del primer campo de concentración para judíos en Auschwitz. Región pantanosa y de clima terrible (hasta 40 grados bajo cero en invierno), fue elegida para atormentar de diversos modos a los judíos. “Mastines humanos” fueron los guardianes de este campo de concentración donde el crimen llegó al genocidio y donde la crueldad se hizo demoníaca. Los jefes del “campo” eran Josef Dramer, apodado por sus crímenes horrendos “la bestia de Belsen” y Rudlolf Fanza Hoss, quien confesó haber asesinado a millón y medio de seres humanos. Estos dos personajes infernales también pertenecían al círculo de delirantes creyentes en la astrología y los misterios de los “lamas” pero su furia asesina contra la raza judía y el ingenio que desplegaban para atormentar a las víctimas denuncia un sadismo anormal y de inspiración luciferina. En el Holocausto, los nazis de Hitler asesinaron a 6 millones de judíos, entre ellos un millón y medio de niños judíos. Una tercera parte del pueblo judío.
Ignorando el pacto germano-soviético de 1939, Hitler lanza a sus ejércitos blindados contra las líneas soviéticas el 22 de junio de 1941. El “fuehrer” lanzó dos millones de hombres al ataque. Hitler cometió los mismos errores que Napoleón. Los soldados alemanes se adentraron demasiado en un escenario desolado de la Unión Soviética, con temperaturas de 30 y 40 grados bajo cero. Sin alimentos, con cientos de miles de moribundos, agotados por el prolongado sitio, por la privaciones, las enfermedades y la desesperanza. Hitler es desobedecido en esta vez. La derrota de Stalingrado repercute en todo el frente. Se inicia el desmoronamiento alemán.
El 9 de diciembre de 1941, dos días después del ataque nipón contra Pear Harbour, el Presidente Roosevelt declaró ante el Congreso norteamericano que a partir de este momento, Estados Unidos entra en la guerra.
Los primeros meses de 1954 fueron para Hitler de permanente sobresalto. Los augures lo habían abandonado. Las estrellas consultoras se habían sumergido en un mar de sangre, según lo vio Hitler durante un sueño lleno de alucinaciones, que lo hizo despertar dando grandes voces señalando hacia oriente con el espanto en los ojos. Finalmente, cuando Hitler vio acercarse el final, se dio un tiro. Eva, su esposa yacía muerta también, envenenada.
Tal fue el final dramático del verdugo de la humanidad, cuya aventura costó 50 millones de vidas. Lo único sensato que realizó en su vida de errores, de crímenes y de locura, fue eso: morir.
Autor: Mtro. Manuel Levinsky.
Literato y escritor de la Comunidad
Judía de México.
Capturó: Daniela Vega Mina.
Fuente: mailweb.udlap.mx
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