| :: Carta de una conversa |
Encontramos un testimonio de una joven convertida al catolicismo, que queremos reproducir parcialmente como un positivo ejemplo para aquellos que no están convencidos de la seguridad espiritual que supone estar en la Iglesia Católica: “¿Qué siente un converso, o más en particular esta conversa que soy yo, al entrar a formar parte de una comunidad de personas de carne y hueso como es la Iglesia Católica? La respuesta es simple: seguridad... Me alegra que mi conversión haya significado incorporarme a una Iglesia visible y tangible, con sus estructuras y todo (como parecen lamentarse algunos): una Iglesia- institución.
Eso es cabalmente lo que yo preciso, aunque no se me oculta que una “institución” que también es humana, por fuerza transparentará a veces la debilidad de sus miembros humanos.
Mientras todo el mundo parece discutir y dudar sobre las cosas más importantes de la vida, a mí me tranquiliza enormemente saber que una persona concreta, el Papa, no puede equivocarse cuando define una verdad. ¿Dónde encontrar la palabra de Dios expuesta sin peligro en un idioma audible? Por eso me gusta que la Sagrada Jerarquía, compuesta por unas personas humanas que hablan un lenguaje humano, hable con firmeza. Yo me sentiría inquieta si hubiera de fiarme de mi acierto personal al interpretar la palabra de Dios, o si hubiera de dilucidar entre mil pareceres discordantes. Pero esa zozobra está conjurada con tal que los Sagrados Pastores hablen claramente, sin ambigüedades acerca –claro está- de las materias en que son competentes(...)
Quienes han nacido ya en el seno de la Iglesia Católica quizá no valoren el tesoro que tienen; quizá no sepan la angustia que supone “navegar” sin saber si se actúa adecuadamente. En cambio, desde que estoy en la Iglesia sé una cosa: que cuando la Jerarquía Católica –con ese contraste de autoridad que es el Papa- decide una medida de gobierno, es posible que se equivoque; pero, en cambio, yo no me equivoco si obedezco.
Y aunque la “romanidad” no figure precisamente entre las simpatías que algunos hemos aprendido desde la infancia, esto es algo muy grande. Como es grande, al menos para mí, ver que tengo muchos hermanos: buenos y menos buenos... Me gusta tener que alargar el cuello para ver al sacerdote celebrar la Santa Misa; me gusta ver mucha gente acercándose al comulgatorio; me gusta contemplar a un montón de hermanos en la fe que, de rodillas, rezan en torno de la cama en que muere un ser querido... me gusta sentirme arropada, aunque el entorno sea variopinto: de gentes cultas o incultas, elegantes o menos elegantes, de un color o de otro, fervorosas o medio distraídas... ”
Fuente: deguate.com
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