| :: Formación profesional en la universidad |
La comunidad universitaria ha tenido un largo debate entre los hijos de Marta* que se ocupan de la solución de los problemas de este mundo y los hijos de María que contemplan las verdades universales y pretenden la sabiduría. Academia y profesiones liberales, ciencia y técnica, formación e instrucción, conocimiento y trabajo parecerían alinearse en un sistema de ecuaciones en el que unos tienden a poner más énfasis en un extremo que en el otro. En este escenario los ingenieros solemos señalar que el trabajo ha tenido en general “mala prensa” entre los académicos. El trabajo fue visto en la tradición occidental como una maldición que encontramos a la salida del paraíso y los espíritus elevados tenían cosas más nobles a las que dedicarse.
La academia nació para formar pensadores; la responsabilidad de formar profesionales, sea como extensión del oficio o como un saber hacer sobre un área del conocimiento, surge algo más tarde para responder a las necesidades de organización del Estado y la constitución de las burocracias. Hubo desde el inicio universidades libres más orientadas a la academia y universidades imperiales más orientadas al saber hacer. Lo que sigue en el tiempo es una multiplicación de especialidades para dar cuenta de conocimientos y necesidades cada vez más específicos que satisfagan las exigencias cada vez más complejas de la sociedad; surgen así las llamadas carreras profesionalizantes, distinguiéndose de las académicas.
Pero el tiempo no pasa en vano, el presente nos plantea un reto distinto. Tanto desde la dinámica académica como desde los retos del mundo del trabajo somos testigos y partícipes de la necesidad de construir un pensamiento totalizador, que exige repensar nuestra institucionalidad construida al calor de la especialización en pro de lo sistémico, lo interdisciplinar, lo transdisciplinar. En este curso aparecen las nuevas especialidades como la ecología, las ciencias cognitivas, la ciencia de la complejidad, y nuevos espacios para el saber hacer como la biotecnología, la nanotecnología, etc.
De otro lado, el trabajo ya no suele ser lo que solía. La figura del maestro y el aprendiz desapareció hace mucho tiempo, y la división entre el trabajo manual y el intelectual va desapareciendo como resultado de la automatización. La cantidad de conocimiento incorporado en los productos aumenta, y la comprensión sobre su funcionamiento se hace más compleja. También aumenta la movilidad geográfica, se acelera la interactividad científica y las empresas disputan a las universidades el liderazgo científico en la investigación de punta. Todos estos cambios en el mundo del trabajo se expresan en el cambio del concepto de empleo por el de empleabilidad. Mientras el de empleo alude al desempeño permanente e invariable del profesional en un puesto de trabajo dentro de una pirámide organizacional; el de empleabilidad se relaciona con la capacidad para adecuar las capacidades profesionales a una variedad de desempeños que pueden distribuirse en el tiempo y en más de una organización de geometría variable.
Si esto es así, vale la pena entonces preguntarnos, cuál debe ser en adelante la relación entre la formación académica y la profesional en un contexto en el que el conocimiento y el mundo del trabajo se encuentran en proceso de transformación. Todo esto implica que la cantidad y la calidad de conocimientos involucrados en el proceso formativo debe ser mayor, y que hay que añadirles un conjunto de habilidades, valores y actitudes que permitan que las personas desarrollen sus herramientas para que enfrenten la incertidumbre y participen conciente y reflexivamente en un contexto de aumento de la densidad social y cultural.
En este contexto, el reto de la Universidad es también definir de mejor manera su relación con el mundo del trabajo. Ello no significa necesariamente convertir a la Universidad en una empresa del conocimiento sometida a las demandas del mercado; pero tampoco debe alimentar el inmovilismo de los que se miran sin comprometerse diciendo que la tormenta pasará, que hay que seguir haciendo lo mismo, formando a nuestros profesionales como nuestros profesores lo hicieron con nosotros.
Nuestro reto sigue siendo formar personas con capacidades profesionales y compromiso ético, con una formación amplia que les permita comprender el mundo en su complejidad y en su belleza, y que son capaces de transformarlo en beneficio de todos. Pero además esto exige hoy construir una institucionalidad abierta, capaz de acompañar a las personas en un proceso de aprendizaje permanente, una Universidad cuya responsabilidad no termina cuando el egresado concluye su primera exploración en un área del conocimiento, sino que por el contrario debe considerar que debe invitarlo a retornar para continuar ampliándolo; una Universidad que promueve comunidades de aprendizaje en la que participan diversos tipos de organizaciones e individuos.
* “The sons of Martha”, de Ruydard Kipling, tomado de “Sons of Martha – Civil engineering readings in modern literature”, editado por Augustine J. Fredrich, ASCE, New York 1989.
Jorge Zegarra Pellanne
Director de la Dirección de Asuntos Académicos y Profesor principal del Departamento de Ingeniería - PUCP.
Magister en Ciencias, Universidad de Londres.
Ingeniero Civil, PUCP.
Fuente: blog.pucp.edu.pe
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